Irene Villa: «Me vinculaban al dolor colectivo, pero soy comunicadora, esquiadora y madre»

Irene Villa: «Me vinculaban al dolor colectivo, pero soy comunicadora, esquiadora y madre»

Irene Villa presenta una charla inspirada en ‘Saber que se puede’, la autobiografía en la que reconstruye el atentado de ETA que sufrió de niña en 1991 y el camino personal y profesional que emprendió después. Publicado en 2004 y ampliado años más tarde con motivo del vigésimo aniversario de aquel episodio, el libro sigue siendo el punto de partida de su reflexión sobre memoria y superación, y también el eje de una trayectoria consolidada como conferenciante en foros de toda España.

La III edición del ciclo “Espacio Talento”, que comenzó el 24 de enero, es un foro de testimonios e interacción entre jóvenes y profesionales destacados en diferentes ámbitos. El ciclo concluirá el 18 de abril con la charla de Irene en el Auditorio Municipal.

Irene, cuando cuentas tu historia, la voz de tu madre es muy nítida. Recuerdas también el humor de tu padre como cuando te dijo: «Si no esquiabas con piernas, ¿por qué lo vas a hacer ahora?» Esas voces contrastan con sus primeras reacciones tras el atentado en el que tu madre no se atrevía a preguntar por ti por miedo y tu padre pensaba que era mejor no intentar salvarte la vida. ¿Cómo se complementaron esas dos personalidades y qué aportó cada uno con sus mensajes?

Mis padres eran muy distintos, y creo que ahí estuvo la riqueza. Mi madre era puro amor, intuición y protección; mi padre, humor y sentido práctico. En un momento tan extremo como el atentado, cada uno reaccionó desde su propia forma de ver la vida. Con el tiempo comprendí que los dos estaban haciendo lo mejor que podían. De mi madre heredé la sensibilidad y la resiliencia. De mi padre, la importancia de disfrutar siempre y la capacidad de no quedarme atrapada en el victimismo. «Si te caes tú, nos caemos todos», me decía. Entre ambos me enseñaron algo esencial; que la vida continúa y merece ser vivida con plenitud.

Participarás en la III edición del ciclo ‘Espacio de Talento’ con la charla “Saber que se puede”. Como psicóloga y periodista sabes bien que vivimos en un mundo injusto, pero afirmas que siempre se pueden superar los obstáculos. ¿Qué es lo que más te inspira del espíritu humano a la hora de enfrentarse a la adversidad?

Lo que más me inspira es la capacidad que tenemos de elegir qué hacer con lo que nos pasa. No podemos controlar las circunstancias, pero sí la actitud con la que las enfrentamos. He visto personas que, después de perderlo todo, deciden reconstruirse, ayudar a otros, encontrar sentido. Esa chispa de dignidad, de esperanza y de propósito en medio del dolor me parece lo más admirable del ser humano. Hay que librarse de esas cadenas mentales y del miedo que es un lastre muchísimo más grande y pesado que, por ejemplo, una discapacidad. Hay que usar todo para avanzar, incluso lo negativo.


Quienes tenían tu edad entonces crecieron en los llamados años de hierro en los que, para un niño, era normal que no hubiera un solo telediario o debate político sin que se hablara de ETA. Tú te convertiste en un centro emocional para varias generaciones. ¿Cómo sientes que ha cambiado tu figura pública ante jóvenes que no vivieron aquello, y cómo se refleja esto en tu trabajo como comunicadora?
 
Para quienes vivieron los años del terrorismo, mi historia estaba vinculada al dolor colectivo. Para muchos jóvenes, en cambio, soy más una comunicadora, esquiadora y madre. Me encanta, aunque espero que jamás se diluya la memoria y el cariño hacia las víctimas de cualquier tipo de violencia. Como periodista, siento la responsabilidad de contar lo que pasó con rigor y humanidad, sin odio, pero sin olvido. La memoria es una forma de justicia.

En un momento de discursos polarizantes que vivimos en el que muchos reinterpretan el pasado reciente, ¿crees que existe el riesgo de desdibujar esa memoria?

Primero hay que entender que libertad de expresión no ampara el discurso del odio. Deberían dejar de justificarse las acciones terroristas y que cese de una vez, legalmente, la humillación de víctimas de violencia y demás barbaridades que no producen otra cosa más que repugnancia.

Como digo en el libro que narra mi vida, muchos aprendieron lo que era el terrorismo contando chistes sobre mí. En los peores momentos el humor ayuda a convivir con algo tan inesperado como vivir sin partes de tu cuerpo, creo que los amputados debemos tener ese sentido muy desarrollado y reírnos los primeros de nosotros mismos. Sin embargo, espero que hayan aprendido muchas más cosas. Sobre todo: saber que se puede. Saber que hasta que no descubras todo lo que hay dentro de ti, no podrás compartir lo mejor que tienes. Saber que siempre podemos mejorar, y que lo más grande que tenemos para dar, es el reflejo del amor en nuestras vidas. Sin duda, el motor de todo.

«Siento la responsabilidad de contar lo que pasó con rigor y humanidad, sin odio, pero sin olvido. La memoria es una forma de justicia»

Hoy eres reconocida como campeona de España en esquí adaptado, pero tus inicios no fueron fruto de una decisión propia. En 2007, Teresa Silva, directora de la Fundación ‘También’, te invitó a competir porque no existía una categoría femenina en el equipo de esquí alpino adaptado. ¿Cómo viviste el convertirte en referente en este deporte en España?
 
Acepté el reto porque me pareció una oportunidad maravillosa de demostrar que la discapacidad no nos limita cuando hay rehabilitación y esfuerzo. Yo nunca había esquiado, mi pasión era el baloncesto, pero el esquí me conquistó por la libertad que ofrece. Convertirme en referente fue algo que nunca busqué, pero si mi ejemplo sirve para que otras mujeres con discapacidad se animen a practicar deporte, ya merece la pena. Mis mayores triunfos han sido sobre mi monoski. El esquí adaptado ha sido el mayor reto de mi vida y se ha convertido en mi pasión. Gracias a no tirar la toalla después de tantas caídas e incluso pasar por el quirófano tras lesiones graves, pude aprender más sobre mí… y además llegaron las medallas.

Como figura pública que eres desde niña, hemos podido disfrutar de muchos de esos triunfos, pero en una de tus charlas comentas que en momentos difíciles en tu vida hay personas que, probablemente con su mejor intención, minimizan tus sentimientos diciéndote «¿Con lo que tú has pasado!». ¿Sientes que a veces se exige demasiado de las personas que han demostrado fortaleza?
 
Sí, totalmente. A veces se nos coloca en un pedestal de ejemplo de superación y no siempre te sientes invencible. La vida es una montaña rusa y no siempre estás disfrutando la bajada sin frenos y felizmente. Hay etapas muy duras en los que hay que atravesar esa etapa de dolor. Pero incluso en ese desierto emocional, en el que está permitido sentirte triste, abatido, también existe fortaleza que es la que nos impulsa a renacer.

Por eso la educación es vital para formar personas fuertes emocionalmente y comprometidas socialmente. Para eso hablo de la resiliencia, que es la capacidad de solucionar cualquier situación difícil e incluso salir fortalecido. Por supuesto también la generosidad, la constancia, la autoconfianza, la voluntad… Los valores que me parecen imprescindibles en la vida son los que estamos inculcando. 

«Mis mayores triunfos han sido sobre mi monoski. El esquí adaptado ha sido el mayor reto de mi vida»

Destacas la importancia de la sociabilidad para ser feliz y de saber pedir ayuda cuando se necesita. El mensaje me recuerda a la frase del psiquiatra y escritor Luis Rojas Marcos sobre el poder terapéutico de hablar. Él dice que la mejor manera de ayudar al que sufre no es responder que todo va a salir bien, sino decir: «Cuéntame más.» ¿Qué cualidades crees que debe tener alguien para ayudar al que está sufriendo?

Escucha, presencia y humildad. No hace falta tener respuestas ni soluciones mágicas. A veces lo más sanador es alguien que se sienta a tu lado y te diga exactamente eso: «Cuéntame, estoy aquí». Nadie está exento de que le ocurra alguna desgracia. Es importante saber afrontarlo con ánimo, optimismo y esperanza.



¿Qué pautas le darías a una persona que no puede evitar sentir odio hacia alguien que le ha hecho daño sin miramientos y ha seguido con su vida?

Le diría que el odio es comprensible, pero que no se quede a vivir ahí. El odio solo hace daño a quien lo siente. El perdón ha sido la llave a una vida plena. Creo que es fundamental para poder seguir viviendo y sobre todo para ser feliz. Significa decidir con todas las consecuencias que ya no te duele porque decides perdonar. El proceso es instantáneo, como un “click” que te deja libre de ira, rabia, rencor y resentimiento. Por eso tiene tanto poder el perdón. Te libera por completo y puede sanar tus heridas. Si no perdonas, ese daño estará ahí siempre. Como decía Gandhi, «la persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero». 

Trabajar el perdón no es justificar lo ocurrido, sino liberarse del peso del rencor. A veces se necesita terapia, tiempo y mucha compasión hacia uno mismo. Perdonar no es olvidar; es decidir que tu vida no va a estar definida o condicionada por lo que te hicieron.

COMENTARIOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ARTÍCULOS RELACIONADOS